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No preguntes lo que ya sabes, no calles lo que ya sé.  Esto se acabó.

No, no me mires así, había muchas señales en el aire, cada día inspiraba una razón que me llevaba hasta lo latente, lo evidente, lo inminente. No lo veía, tu “estúpido velo” me impedía ver la falta de sincronía, ahora que las ganas y los detalles se abrazan para acompañarte a otras ventanas. Qué imbécil, no sólo tú sino yo por sentir lo que ahora siento, este demoniaco pálpito que me invita a tirarlo todo por la borda, a matar hasta el último ápice de ti en mí. Despídete de guardar tu ropa en mi armario, de beberme por las mañana o de arrancarme medias sonrisas al pedirme perdón y al mentirme con tus clichés con un “no lo volveré a hacer”.

Ten el coraje, las agallas o el humor de decirme la verdad, sé valiente y afronta esta realidad, no insistas con esta pantomima de que nos debemos otra oportunidad. ¿Para qué? ¿Para qué seguir viviendo con alguien que no sé quién es?

No, no es justo, no quiero mentir, ni a ti ni a mí, no voy a utilizar tus armas para nuestra guerra, sí sé quién eres, alguien que ha aparcado mi felicidad en la cuneta, o mejor dicho en un bar de carretera, sí creías que no lo sabía, te equivocabas, una vez más y para variar, te alejas del umbral de lo que está bien o está mal, una vez más, sumas estupideces a tu carro de desvergüenzas. Reconozco que por un intuido error leí las notas con restos de carmín de una tal Mariela, no fui audaz, es sólo que me dejé llevar por un latido envenenado, una esquina de una servilleta sobresalía de tu bolsillo, y allí estaba ella, o mejor dicho su rúbrica. Ahora se lo agradezco, ella cortó la venda de mis ojos, fue el puñal de compasión que necesitaba esta ciega, esta estúpida que deliraba por ti y tus tóxicos besos.

Por ese nombre que leí en aquella servilleta, Marianela, brindaré cuando me muera.

Marianela, la causa y el efecto, que se ha llevado todo lo nuestro, empezando por mi ira y tu codicia, mi amor y desvelo, mi corazón y tu cuerpo.

chica sentada con tacones

¿…Que si la envidio? No, a ella no le importas, no sabe quién eres, sólo sabe las mentiras que le llevabas en bandeja de plata, como a mí, irónicamente compartimos algo más que tus noches, estamos unidas por la indiferencia, no eres nada ni nadie real para mí ni para ella. Es ahora que tenemos algo en común,  cuando mejor y más nítido te veo, vacío… Has desaparecido como el vaho que se borra en el espejos, como el aliento que se funde en el frío, como las lágrimas que caen al mar o los gritos en el abismo. Permíteme que te diga que no eres nada.

Veo en ti un fantasma del pasado, una sombra de lo que conmigo fuiste, el recuerdo de un baile entre dos amantes que no saben el nombre el uno del otro, se quisieron a su manera pero nunca a la vez.

Demacrado por las llamas de la culpa, tu única compañera es la angustia, te das cuenta tarde de que esta musa se te escapa de entre los dedos, pues sí querido, se acabó la función Romeo. En el cine caen las palabras “The End”, pensabas que no llegarían, que no me enteraría, que saldrías impune de “una canita al aire”, una vez más no se enterará, debiste pensar. Pues bien, te deseo que el tiempo te vuelva cano o calvo,  que se te vuelva el pelo gris porque el alma ya la tienes de ese color, a mí me dará lo mismo, ya no serás ese al que amé con la cordura y la locura de un amor de cuatro años, al fin y al cabo, no sé qué hubo de verdad, la estabilidad se tambaleaba en cuanto salías por la puerta.

No sé qué esperabas, me dan lástima tus pensamientos, tus ordinarieces que se me retuercen siniestras, no hago nada a derechas. Lo sé, tropiezo infinitas veces con tu presencia, que tonta fui, enamorarme de la piedra, por eso caía una y otra vez y yo sin darme cuenta.

Óyeme bien cariño, quiero que levantes muy alto la cabeza para que sigas mis pasos con esos preciosos ojos verdes que la vida te dio, mira como cruzo la puerta y abandono para siempre esta jaula de oro, ya no soy el perro que arrastra la correa, hoy me quito el corsé de tu personalidad pequeña, adiós, no mentiré insinuando que te deseo lo mejor, eso me lo deseo a mí misma y, por si acaso no lo encuentras, ahí va la “post data” de esta carta, la tienes en el bolsillo interior de la americana, pero por si no la encuentras te lo adelanto:

“No te preocupes por mí, tranquilo, estaré bien, no lo digo por decir, me repondré más tarde o más deprisa. Espabila, ya no se muere de amor, a mí no volverás a romperme el corazón, puedes darle las gracias a Marianela y, si me lo permites, te diré qué pasa para cuando repitas infidelidades, tú no te das cuenta, pero no marchitas otro corazón, destrozas tú, de tu propia alma,  muy poquito a poco… cada rincón. Puede que algún día ya no haya pedazos que pegar con tiritas, tú verás cuánto tiempo más te queda por desperdiciar de esta vida.“

chica se toca el corazón