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Confieso que me he caído, no como se caen las hojas en otoño, no como el resbalón en mitad de la calle, no señor, esto no es un traspiés, esto es una soberana caída de manual, ésta sentará cátedra en mi vida, lo sé porque nunca me había costado tanto levantarme. Me duele, no sé en qué estaría pensando, me endiosé, me perdí en mi ego, en mis “yo puedo”… Tan arriba estaba que no me dio ni vértigo, no tomé precauciones, no me puse arnés, pensaba que no lo necesitaba. ¡Qué ignorante, qué idiota…! Y, ahora, en ese impass, mientras me caía, entre el suelo y el equilibrio no he tenido nada a lo que agarrarme.
Repito, a ver si de una vez comprendo el sentido de este descalabro, “ME HE CAÍDO”, como se caen los vagos en la monotonía, como los torpes aceptan su falta de atino, como los alcohólicos ceden a la voluntad de la bebida, como los días se caen en los calendarios, como a la alopecia sucumben los calvos… Así me he caído, sin darme cuenta, sin acuse de recibos, sin preaviso; maldito cartero que no has llamado a la puerta de mi experiencia para hacerme esquivar este cisma entre lo que soy y dónde estoy.

Esta sentencia es firme, desesperante, inapelable… Pero, sobre todo, es injusta, que ¿por qué? Pues verá su señoría, los condenados por este crimen somos los “justos por pecadores”, los chivos expiatorios, las cabezas de turco, los que pagan el pato, los que sufrimos eso de “alguien tenía que ser”. En mi declaración, con el permiso de todos los presentes, quiero alegar que soy buena en lo que hago, soy mejor que muchos de los que tienen mis mismas condiciones (edad, experiencia, formación…). He trabajado duro desde el primer día para llegar lejos, al menos eso, es lo que nos vendieron. Sí, sí, nos dijeron una y mil veces eso, en la escuela, la universidad, en casa: “estudia, esfuérzate, renuncia a lo fácil… Sólo así llegarás a tener un gran porvenir.” Pues no, no queridos míos, la fábula del cuento no sucede como causa-efecto, la lucha no se acaba jamás, esta crisis es el mejor de los ejemplos, nada es cierto, nada hay con total seguridad, la tasa de desempleo española del 27% ya se ha encargado de demostrarlo de forma voraz a todos los que se suman a la cifra.

Y yo me pregunto: ¿para qué sirven ahora las matrículas de honor, las palmaditas en la espalda de mis profesores, los madrugones, los atascos, los días de lluvia en los que, contra mi voluntad, no me quedé durmiendo porque quería contribuir a ese porvenir que, según todos, me esperaba a la vuelta de la esquina?

¿Dónde me meto yo los títulos, las ganas, la actitud, el talento, la fuerza, la motivación…? Tenemos que reconocer que nosotros, los que nos encontramos en el paredón del INEM, también hemos pecado, nos hemos embriagado de la “titulitis” y de las promesas falsas; muchos se han conformado, otros se han acomodado en la ley del mínimo esfuerzo y otros, directamente, nos hemos creído inmortales. Hemos abierto los ojos y puesto los pies en la tierra gracias a los “no eres lo que estamos buscando” y los “ya te llamaremos”… Maldita sea su doble moral: quieren experiencia y no dan la oportunidad para adquirirla, y así con todo, porque somos herederos de lo que sobra, lo que no hace falta, las migajas que nos muestran lo que somos “pan de ayer con hambre para el mañana”.
Y es que, qué os voy a contar, si el futuro prometedor se ha convertido en la Itaca más puta conocida por mi generación, “Generación perdida” nos llaman, ¡hipócritas, qué sabréis vosotros! Mira si estamos perdidos que nos tenemos que encontrar en el extranjero en trabajos en los que hay que partirse la espalda de sol a sol para mantenernos, eso no es hacer turismo como dijo la ministra (que por un momento todos pensamos que la había poseído la mema de Curry Valenzuela).

Eso es una fuga de cerebros que, no sólo es alarmante sino indiscutiblemente triste, estamos dejando escapar lo mejor de nuestro “mañana” y ¿todo por qué? Porque no somos capaces, como el resto de europeos, de reconocer y premiar el talento.

En fin, ¿existe de verdad esa Ítaca para nosotros? Yo me niego a pensar que tanto sacrificio no va a tener su fruto, simplemente, quiero y necesito creer que nos va a costar un poco más pero que todo llegará… Sí, esta es la conclusión, mi última voluntad, condenada a ser un despojo por el momento quiero renombrar a mi generación y quiero brindar por lo que somos y por lo que nos convertiremos, no dejemos que nadie nos haga pequeños, que nadie nos diga que no podemos, algún día nos reiremos de esto, os lo prometo. Desde ahora, me gustaría creer que somos la Generación Fénix, porque antes o después saldremos de esta, resurgiremos de nuestras cenizas con más fuerza de la que se recuerda, juntos podemos.

Ave Fénix, hágase tu voluntad.

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