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bailarina de humo

(Pincha en la imagen para escuchar la canción)

Apuró el vaso, se limpió los labios con la manga y el ron, el más amargo que nadie ha probado, impregnó aquellas costuras de locuras y miedos.

Se despojaba de las dudas a golpe de tragos largos y, excesivamente, consecutivos; como si se tratase de un muchacho intentando impresionar a una chica en la primera cita.

Pero no, no era éste su caso, hacia mucho tiempo que aquel hombre se había despedido del acné para dar paso a las patas de gallo, las ojeras, la prominente nuez empapada en sudor, la neura, la personalidad múltiple de un perdedor y, por supuesto, aquel olor a tabaco que, perennemente, atrapaba sus dedos y su lucidez.

Se sentaba al piano los días menos malos y también los peores, era su punto de fuga, su salida… su única opción. Cuentan que le hicieron una canción, posiblemente, alguien que le observaba desde la barra del bar y que percibió el dolor en sus notas y, en sus gestos, aquel desgarro que hacia cobarde al más valiente.

Era la historia de un sábado de no importa qué mes y de un hombre sentado al piano de no importa qué viejo café… Aquel hombre le tocaba las teclas a la vida por no poder tocarle los muslos y las ganas a una dama que se le había atravesado en la garganta, la misma que con el portazo del adiós le desnudó las fuerzas y también el alma, como un árbol sin hojas cuando acaba el otoño.

Maldijo entonces su suerte, su débil corazón, sus ilusiones por volverse puñaladas, sus recuerdos por no tener mala memoria, incluso, a su piano por no ser del mismo terciopelo que el de la falda de ella. La soñó noche tras noche y día tras día, a veces mordiéndole la ropa interior a otras mujeres, gastando moteles y cuartos de baño, sabiendo que muchas no cambiarían lo que ya sentía por una sola… Al menos, lo intentó, puedo jurarlo que lo intentó, pero cada vez se encomendaba más al olvido de la mano de la indulgente bebida: primero eran algunas cervezas de más, luego los combinados de dos en dos y, por último, el ron a secas de botella en botella. El hielo se convirtió en el único amigo, el único que permanecía a su lado, el verdadero denominador común de sus noches, porque con respecto a los clientes del bar, o a las mujeres de su cama, cada noche eran distintos. Se bebía la vida gota a gota y, a la vez, se le esfumaba como el humo denso de los labios, el genio se le tornó eterno y su carácter se agrió tanto que pocos se atrevían a acercarse.

No hablaba demasiado ni ebrio ni sin ir borracho, su silencio era parte de un pacto consigo mismo, la promesa de mantener caliente aquella historia que para él no se había acabado. Si lo contaba se desvanecería, ya no sería suya sino de todos, víctima de la democracia de las bocas contaminadas por la invención, que se dejarían llenar de edulcorantes añadidos de los que él nunca firmaría por propia voz, por eso, nunca se le oyó decir: “esta boca es mía”.

Deseó infinitas veces volverse objeto: un banco, una farola, una maleta… quién sabe. Todo con tal de contemplar vidas ajenas y no morir en el intento de sacar a flote la suya propia, todo con no ser el protagonista de la historia más triste de su existencia. Su deseo no se cumplió, pero no le extrañaba, se había acostumbrado a no esperar nada, ni siquiera de sí mismo.

Una noche sin más, se levantó de la banqueta en mitad de un concierto, sobresaltado, con los ojos tan abiertos que parecía que había visto a un fantasma, (sospecho que así era), recogió tembloroso las partituras, bajó la tapa con suavidad, parecía que se despedía de su viejo Yamaha de madera negra de nogal. Los que le vieron dijeron que iba sonriendo y que una mujer elegante, con un sombrero borsalino gris y un abrigo largo, le esperaba junto a la puerta con unas llaves en la mano.

Nunca más regresó, algunos piensan que se cansó de ser el famoso hombre del piano y, a la vez, un completo desconocido para todos, excepto para ella. Otros cuentan que dejó de buscar porque, por fin, encontró lo que había perdido.